Generalmente, el viernes 13 es el día de la mala suerte, no hay que casarse, ni embarcarse, ni de la familia apartarse, pero en algunos países (Venezuela, por ejemplo) el martes 13 también es sinónimo de mala suerte.
Para ponerle un poquito más de misticismo al asunto, imagínense una musiquita de esas de las películas de miedo.
A ver, a ver, ¿cómo iba la cosa? Ah sí. Que si un gato negro te pasaba por delante, ibas a tener mala suerte toda tu vida; si caminabas debajo de una escalera, eran 10 años de mala suerte; si rompías un espejo, 7 años; estaba también la de tirar la sal al suelo y la de abrir los paraguas/sombrillas/umbrellas bajo techo, y otras vesches muy extrañas.
La verdad, es que yo no creo en eso. ¿Por qué?
He pasado por debajo de muchas escaleras, una vez rompí un espejo, se me ha caído la sal al piso un montón de veces, y ni hablar de los paraguas/sombrillas/umbrellas, cada vez que puedo, los abro bajo techo.
Y bueno, probablemente yo no sea la persona más afortunada del mundo, pero si hay algo de lo que no me puedo quejar, es de mi suerte. Hasta he llegado a pensar que la cosa es psicológica, porque si se ponen a pensar, todo está en la mente, ¿qué relación tiene romper un espejo con la suerte que vas a tener en tu vida? ¿Cada vez que te veas al espejo verás algo horrendo?
Sin embargo, algo que nunca me atreví a hacer -por miedo, no lo voy a negar-, era a desafiar aquellas leyendas tan horribles que me contaban.
¿De qué estoy hablando? Bueno, en mi país, hay muchísimas leyendas autóctonas, todas horribles, y había una en especial, que me aterrorizaba. La Leyenda del Silbón.
¿Quién era el silbón? Un muchacho que salía de cacería con su papá (algo así), y un día, como no encontraron ningún animal para llevar a la cena, el muchacho mató a su padre y le llevó las vísceras o los sesos -o los dos-, a su madre para que los cocinara. El caso es que la madre ni pendiente, hasta que no me acuerdo como se da cuenta de que su hijo había matado a su esposo y blah, blah, blah... sucedió algo así como una maldición, y poco de cosas todas locas y feas, y el muchach se convirtió en el Silbón. ¿Por qué el Silbón?
El muchacho tenía un silbido muy particular que usaba para llamar a los animales. Cuando ya pertenecía al conjunto de "espectros malignos del más acá que se dedican a aterrorizar a personas como yo", usaba ese silbido para que lo identificaran -y salieran corriendo, si es que daba tiempo-. Bueno, el silbido iba así como en do-re-mi-fa-sol-la-si... y si lo escuchabas lejos, es porque el Silbón estaba cerca de ti, y vice-versa.
Bueno, como les iba diciendo, nunca me atreví a desafiar ese tipo de cosas, me acuerdo muy bien que decían que si un domingo -ni p*ta idea de porqué los domingos- después de las seis de la tarde, silbabas como el Silbón seis veces, se te aparecía. Yo nunca lo intenté, y no pienso hacerlo, porque esas cosas me ponen la piel de gallina.
El caso es que un día, cuando tenía 12 años, me encontraba con mis druguitos en el área social del edificio, contando historias de miedo; estábamos de vacaciones, y me acuerdo que eran las 8 de la noche, un día domingo. Ya la cosa se estaba poniendo fea, y yo estaba aterrorizada, a diferencia de mi hermana -que no la asusta nada-, y a uno de mis druguitos, se le ocurrió la maravillosa idea de silbar 3 veces como el Silbón. Les comento que casi me pongo a llorar, y no sé que fue lo que hizo que conservara la calma (entre comillas). Hubo un silencio, y cuando el maravilloso iba a decir: Les dije que eso no existe, escuchamos un silbido.
Síp, así como lo oyen, un silbido. En medio del silencio. Creo que no hace falta mencionar que todos salimos corriendo despavoridos, gritando como los locos, suplicando clemencia y piedad.
Y cuando llegamos al área de la piscina, nos dimos cuenta que, no había sido el Silbón.
Era el pequeño Dani, que estaba llamando a su querido hermano mayor para que se asomara por la ventana, y justo ese día, le había dado por llamarlo como a los perros, silbando.
Dani, de lo más inocente y desentendido, nos saludó con su mejor sonrisa. En ese momento, todos, nos pusimos de acuerdo para decirle lo tonto que era, lo desconsiderado y cruel, por habernos asustado así. Por supuesto que él no tenía idea de qué le estábamos hablando.
Y así concluye el relato del día de hoy, queridos drugos, que Bogo se apiade de ustedes en este día (XD).